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Con la boca llena de hormigas de Rafael Pineda





He leído la novela “Con la boca llena de hormigas” de nuestro amigo Rafael Pineda, como halada por un imán. El imán de las vivencias y los recuerdos. Es que él ha construido su relato de realidades comunes a los sanjuaneros de nuestra época. No se puede avanzar una línea sin encontrar lugares, expresiones, hechos, personajes (citados claramente o no) en los que el corazón y la memoria de un sanjuanero, de ese entonces, no se detenga a revivir emociones. No por esto vayan a creer que se trata de una simple novela llena de anécdotas pueblerinas. No, es tan universal como cualquiera. Pasé todo el trayecto de la lectura recordando las palabras del gran poeta cubano Nicolás Guillén, que oí en una entrevista televisiva, cuando se empezaba a hablar de globalización, en la que él decía más o menos esto: que ningún artista llegaría a lo universal si no partía de lo local; si perdía sus raíces. Y es verdad, pienso yo. La vida es la misma en cualquier lado, la lucha por la sobrevivencia, el amor, el odio, el genio y la locura, la desgracia y la suerte están por igual en todas partes. Lo que se puede notar, ampliamente, en la novela de nuestro Rafa, pródiga en personajes que llevan sus vidas con autenticidad y cuyos dramas no nos dejan indiferentes. Están todos atrapados en una suerte de combinación de magia y realidad en la que todo es posible, sobre todo, lo imposible. Se podría llorar ante la tragedia del compadre Ovidio, hombre serio, al que un día lo poseyó la lujuria; o morir de la risa por la conmovedora historia de Mitilia Valdéz cuyo hijo pierde el rumbo bajo el embrujo sexual de una ciguapa. ¡Y qué decir de aquel capitán “brutoecologista”! que ante la denuncia de que se estaban talando los árboles para hacer carbón, decide… Bueno, no lo diré, porque sospecho que el hecho fue verdadero y pensar en ello me puso los pelos de punta. ¡Olvidémoslo! También aparecen allí, plasmados, los momentos en que, atacado por el omnipotente imperio, nuestro pueblo, descalzo y desarmado, pelea con lo único que tiene: imaginación. Entonces, contrapone el gran espíritu de Liborio para seguir viviendo, como vive aún, maltrecho y al borde del abismo.


Quizás debí empezar contándoles que la novela trata de la vida de un hombre llamado Amarillo Florián, quien es salvajemente golpeado y agoniza solo, en la oscuridad de la noche, en una cuneta. En ese momento su vida completa pasará, como una película, delante de sus ojos, antes de morir. Es el drama que Rafael Emilio aprovecha para contar con un lenguaje muy nuestro, muy vivo, la historia de nuestro pueblo. El deja entrar a su relato a todo el mundo: mendigos, asesinos, arribistas, traidores, también a gente honesta, a mujeres martirizadas, a gente que daría su vida por los demás y que levantan la voz por los que sufren, “prohombres y gusanos” ¿quién decía así? No recuerdo. Las luchas sindicales, con sus fracasos y con sus pequeños logros colectivos, son una constante a través de la novela, todo ello mezclado con las historias tragicómicas de sus personajes de pueblos olvidados, carentes de sistemas sociales que les socorran, obligados a inventar formas inverosímiles de ganarse la vida. Cada personaje de por sí, es un universo mágico. ¿Y qué decir del tratamiento de la religiosidad popular? Para caer de espaldas. ¡Me gustó! Sé que los sanjuaneros de varias generaciones recuerdan a Pancracio, Pirríndin, Bollón, Catarey, Antonio el turco, el Maco, y sé también que identificarán a otros, a los que, por alguna razón, el autor decide disfrazar. Aun así, resultan fácilmente reconocibles, aunque no sea usted de San Juan. Tengo la idea de que todos somos personajes y tenemos muchas réplicas en todas partes. Para terminar, les diré que me lleno de emoción con la descripción de las grandes lluvias en la Cordillera Central y la alegría de los campesinos, con el tierno y tercermundista amor de Juana la burra por los animales y quedo con una gran pena, por su trágico destino; por el recuerdo de los furiosos huracanes que nos marcaron y nuestra inexplicable actitud de indolencia ante ellos. Cierro, con este párrafo que me sorprendió: “El perro, asombrado por los reflejos de las luces que nos encandilaban y por los rápidos movimientos que hacía parecer a todos como salidos del manicomio, me miró compasivamente con sus ojos de melancolía y me dio un beso en la boca, queriendo convencerme de que no me abandonaría en ese trance. Yo le hice cosquillas en la barriga y le devolví el beso”.
¡Hasta un nuevo libro, amigos y amigas!

HISTORIA VULGAR

HISTORIA  VULGAR
(Cuento)
No tengo otra forma de explicarlo como no sea: un profundo deseo de vivir.  Porque ya saben todos lo poco dada que he sido siempre a las fiestas y la dificultad que tengo de entablar conversación hasta con la gente conocida. Pero la noche era espléndida y la alegría de los demás tenía, aunque no sea lindo decirlo, el violento contagio de las epidemias,  Y me dejé llevar. Y me dí cuenta que bailaba mejor de lo que suponía y que me había vestido con acierto, como aseguraban los muchos piropos recibidos, muy especialmente el del joven que la prima Margaret me presentó en uno de los fugaces momentos en que se acercó a la mesa.  Y haré breve esta parte. Sólo les diré que ya conocen la secuencia: copas, bailes, besos y a la inversa y; finalmente, un salir afuera, a contemplar las estrellas ,que de tan fulgurantes esa noche, parecían recién lavadas.  Y no diré más, lo siento.  Por más  mentalidad de talk show  en que nos ha metido a todos la televisión  de nuestros días, soy de las que piensan que la discreción tiene una categoría inmutable que agrega  charming  a  la vida de una mujer, y que no todo se cuenta.  Pero ese no es el punto,  Lo realmente importante ahora, al menos para mí, es volver a esas horas en que le robé un poco de felicidad a la vida. En las que por un momento me sentí en lo alto de un balcón, con una gran corona en la cabeza y una banda, de no sé que, terciada en el pecho; moviendo lentamente, como un péndulo holgazán, mi  mano enguantada de blanco hasta el brazo.  Pudiera decirles que así me hizo sentir el acompañante, que por cierto, se desvivía por impresionarme.  Pero no; era yo, estoy segura. Eran mis inmensas ganas de olvidar la vulgaridad de  mi día a día.  De este levantarme y estar predestinada a trabajar sin opciones frente a la caja  registradora de una tienda y luego ir a la escuela nocturna y en regresando a la casa prepararlo todo para el nuevo día: lavar, cocinar, limpiar un poco, ver que los perros tengan agua y comida suficiente, hacer notas, sacar cuentas cuyo balance final ya pueden imaginarse. Y resolver, además, los dichosos imprevistos que se añaden a cada día. Todo eso; por supuesto, sino le daba uno de esos  severos ataques de asma a mi abuelo, o si a mi parapléjica madre no le cogía por hablar de su pasado de amada amante con su estropajosa voz, pobrecita, con su articular tan trabajoso y lento; porque en ese caso, como es natural, todo mi tiempo era para ellos.  A ver si me entienden. No es que quiera ser dramática, o que ustedes me vean como heroína  pero, a todo eso que les he contado agréguenle  las veces, cada vez más frecuentes, en que en mi barrio se va el agua o la luz o “ ambas a dos”  o que el descerebrado de mi vecino, me refiero al más próximo a la izquierda, escucha a niveles insoportables su invaluable colección de reguetones.  ¿Dar una vuelta?  ¿contemplar el cielo?  ¡ claro  que es relajante!  Lo sé, y hasta diría más: terapéutico, pero ya les he hablado del barrio en  que vivimos y  quedarte allí,  arrobada, con el cuerpo en la tierra pero el alma perdida anhelando cosmogonías,  es una franca invitación a ser asaltada o a que una bala perdida le dé por conocerte más íntimamente.  No, así no.   Prefería leer, en tanto me lo permitiera mi ya limitado tiempo y mis poco generosas circunstancias .     Y fue casualmente leyendo, sentada al borde de su cama, cuando me di cuenta, por la rara placidez con que dormía mi madre, que había emprendido un largo viaje .  Y no lo lamenté, aunque la despedí como debía, con amor y honores.  Últimamente se había deteriorado tanto que la vida se le volvió un suplicio y vi aquello como una liberación.  Aunque sí lo lamenté.  O no sé, no sé.   Lo que si puedo asegurar  es que el abuelo se recuperó rápidamente de este episodio y un día de esos, ante mi crudo asombro , con las mejillas sonrosadas, como el adolescente   casi octogenario   que era en ese momento, me dijo como pudo que  por fin había había encontrado el amor.  Y muchas otras cosas de las que sólo saqué en claro el suplicante afán de que yo no me opusiera.  Se trataba de la vecina, una vivaracha sesentona, de muy buen ver, que ante la muerte de mi madre, pasaba diariamente a conversar con mi abuelo, mientras yo permanecía en la calle.   Si fue un amor auténtico o la atrajo la vieja casona y su generoso huerto de feraz tierra negra, que tenía el abuelo en San Juan de la Maguana, no estoy yo para averiguarlo.   El que le haya hecho llevadera la pérdida de una hija, le devolviera a los reconfortantes días de  trovador de habaneras, y le diese la certeza de ser enterrado bajo el amado peso de su tierra, se me hizo suficiente para despedirlos con una gran sonrisa   cuando decidieron marcharse a nuestro pueblo.   Y  bueno, de vuelta a mí, no sé qué decirles.   Comenzaré usando un eufemismo: no  me fue tan bien.  Sumándose a los problemas que ya conocen, tenía de pronto  instalada  en casa, con todos sus ajuares, a una soledad  impúdica, que me trajo algún ligero tic nervioso de regalo y la costumbre casi maníaca de ir  constantemente al espejo  para descubrir in fraganti la última cana o arruga que asomase, cosa que ocurría cada vez con más frecuencia  y que yo pensaba que tomaría con más o menos  naturalidad a mis casi cuarenta años .  También se me dificultaba dormir.  Me pasaba las noches evaluando mis grises días de empleada, y por más que trataba no podía alejar de mí la desagradable sensación de ser parte de la carne que se echa a un inmenso molino, movido por poderosas y remotas manos que se enriquecían con mi arduo trabajo.   Más tarde, no sé exactamente cuándo, llegó el miedo. Y me dio con recordar la historia de Ignacia, la vecina de enfrente,  a la que hace algunos años le cedió estrepitósamente el delicado entramado de la cordura por los contundentes golpes de la soledad y la miseria y terminó convirtiéndose en el disfrute de los más jóvenes quienes morían de risa cuando ella les aseguraba que oía hablar en griego a sus alborotosas cotorras. Un idioma que probablemente nunca escuchó en sus días de isleña tropical.  Y aunque me queda la alegre visión de sus coloridas aves con su amarillo de oro, su verde de selva y  el agresivo rojo de los pimientos , desprendiéndose las plumas, con sus torvos picos, e insultándose en sus continuas riñas ,siempre me llega como en flashes  la imagen de una mujer, pese a todo hermosa, en medio de una avasallante suciedad, jugando con el mórbido material de sus heces. Y en pensamientos parecidos estaba cuando llegó la prima Margaret con su  terca alegría de primavera permanente; con su irrenunciable costumbre de  “no dar mente a nada”. Y debo haberla sorprendido, porque de siempre rechazar sus invitaciones  a estar  en la puerta antes de que terminara de hacerlo esta vez, debió notarse la diferencia.  Pero ya les dije: quería vivir y me fui con ella a la fiesta.  No me arrepiento de nada.  Aunque he llamado al joven aquel y nunca me responde, aunque estoy más sola en este rincón visible del infierno que es mi barrio; y además, más pobre; no sólo por los aciagos días de neoliberalismo; sino, porque debí “renunciar” al trabajo. Ya saben, si pides algunos permisos, no eres necesaria, y últimamente la salud me falla con frecuencia, aunque momentáneamente.  A pesar de todo, repito, he apostado a la ilegal felicidad de la prima Margaret, y sólo me preocupa que nombre pondré a la criatura  que  a estas horas debe estar chupándose los  minúsculos dedos o jugando con cualquier parte de su cuerpo en estas, mis maduras entrañas.  A quién  jamás atacaré en su primera casa, ni en otra.  A quién  nunca negaré el derecho a entrar a este cómico y más que surrealista  valle de lágrimas. ¿Me entienden?
Fania   9/7/08


Divorcio



DIVORCIO

Les juro que si alguien me hubiese dicho ayer que me iba a separar de Estela, habría sufrido muchísimo, porque la amaba. Pero resulta que aquello que ayer era inadmisible para mí, hoy es una dolorosa marca en mi corazón que acepto con resignación y cierto alivio. Es que llegamos al punto en el que hay que terminar, y desde la primera vez, cualquier relación: la agresión física. Han quedado  ahora en nuestros cuerpos marcas de ello. No estoy orgulloso de eso. Dios sabe que no; es más, me duele, pero ayer se le fue la mano, y en cuestiones de segundos olvidé mi promesa de tolerar sus locuras y  la forma tan avasalladora en que se ha ido haciendo dueña de mi vida.  Si creen  ustedes que no ejercí mi derecho a la protesta, se equivocan. Una que otra vez lo hice, no hay duda, pero no sé qué tiene esta mujer.  Me habla tan dulce, me acaricia  Y… bueno, el caso es que no sé cómo, pero terminaba siempre como un manso perro echado a sus pies. Ahora, de que yo tengo una buena parte de la culpa, aunque me duela, tengo que admitirlo.  Debí  haberle marcado los límites desde el principio, haberle dado a entender  muy claramente que los demás  tienen una cosa que se llama dignidad y que en muchos, como yo, es una condición irrenunciable.  Así habría evitado acumular  esas pequeñas dosis de rencor, difíciles de reconocer en su momento hasta por uno mismo, y hoy  no estaría pasando por esta dura pena de llevar una vida  sin tenerla a mi lado, pero recordándola en todo lo que miro o pienso.  Visto con objetividad, la verdadera culpable fue la vecina, que la fue introduciendo en ideas muy raras que terminaron metiéndonos en una atmósfera  irrespirable. Y esto no es un eufemismo.  Al sonido de un gong, que de por sí ya me ponía nervioso, Estela quemaba cualquier cantidad de una materia para mí desconocida que terminaba llenando la casa de un humo irritante que me provocaba asma, al tiempo que recitaba interminables letanías en un extraño idioma. Para cuando me querían ayudar, ya no podía dolerme más el pecho de tanto toser y, por  lo menos una vez, terminé enchumbado de mi propia orina, ante todo el mundo. Diría cualquiera que esto se podía arreglar con mi salida en el momento de los cultos. Pero no era solo eso. Se fueron desarrollando en ella actitudes que ya no pude soportar.  De pronto se hizo dueña de mis horarios, determinó que sería yo vegetariano y  ayunaría por lo menos dos veces por semana, y hasta que ropa  me pondría, aun sabiendo  que no aprobaba sus gustos. ¡Qué le importaba! Al final, ya ni podía celebrar tertulias con mis amigos porque le molestaba “la bulla” en sus largas sesiones de oraciones silentes. De aquí fue donde vino el gran problema; cuando quiso convertir la casa en un templo, y hacerme a mí un feligrés especial. Demasiado. Por eso, cuando acercó su mano a mi frente para santiguarme la mordí hasta sangrar  y vociferé con todas las fuerzas de mis pulmones, para que  alguna vez me oyeran todos  y supieran que estaba harto. Cuando la vi tirada ahí, a lo mejor desmayada, necesité todo el aire de la calle. Entonces, eché a correr sin rumbo, con el rabo levantado, sintiendo que la brisa me rozaba agradablemente la cara.   

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